#86, El país de los ciegos
Yo tenía cerca de 9 años. Mi padrino era un hombre viejo que no se relacionaba conmigo como niña y por eso yo lo estimaba mucho. Cuando lo iba a ver, me preguntaba si me aburría, le decía que no. Era verdad. Su casa (con su señora y una hija, de edad madura ya) era una casa de adultos, no habían juguetes, sólo había libros y el diario que él leía todos los días. Perfecto.
Una vez, el me hizo un regalo estupendo. Él había juntado todos los libros que La Cuarta había entregado como suplemento, en series de libros pequeños que tenían tapas azules y tapas rojas, de unas 80 págs cada uno. Me los dió todos. Tienen que haber sido unos 30 libros. No podía más de felicidad. Habían cosas de Charles Dickens, Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Rudyard Kipling, Jack London, Alexandre Dumas, etc. Clasicazos. Yo sabía que eran las versiones súper simplificadas de las obras originales y por lo mismo, me daba miedo empezar a leerlas, porque me las iba a terminar muy pronto. Me hice un conjunto de reglas para no terminarlos muy pronto. No los iba a llevar al colegio. No iba a leer uno detrás de otro. Iba a leer algo diferente entre un título y el otro de esa serie.
Una de las historias que más me gustó fue “El país de los ciegos“ [pdf] de H. G. Wells. Un hombre que se pierde en las montañas y cae en el valle donde habita gente que es ciega por generaciones. El quería convencerlos que era superior porque veía, ellos consideraban que alucinaba y que aún le faltaba madurar, por que decía que veía. Así de chica me fasciné con la idea que la gente vive en distintos sistemas de prioridades, que lo que uno cree que es ventaja para otros no lo es, y que la gente se arma mundos con lo que se puede explicar y manejar. Fascinante.
Y el más anciano de los ciegos le explicó la vida, la filosofía y la religión, y cómo el mundo (refiriéndose a su valle) había sido al principio un hueco vacío en las rocas, y que después había sido poblado primero por cosas inanimadas sin el don del tacto, y por llamas y por unas cuantas criaturas que tenían muy poco sentido, y luego por hombres, y, finalmente, por ángeles, cuyos cantos y revoloteos podían oírse, pero que nadie podía tocar de ningún modo, cosa que dejó muy perplejo a Núñez hasta que se le ocurrió pensar en los pájaros.
–Me he caído –dijo–. No veía nada con esta intensa oscuridad.
Hubo una pausa, como si las personas invisibles que le rodeaban intentasen comprender sus palabras. Luego, oyó la voz de Correa que decía:
–Sólo está recién formado. Tropieza al andar y mezcla en su lenguaje palabras que no tienen ningún sentido.
–¿No te ha dicho nadie que «En el País de los Ciegos el Tuerto es el Rey»?
–¿Qué es ciego? –preguntó el ciego descuidadamente por encima del hombro.
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El 

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Y que dijo el otro...