Carta feminista

Esta es mi traducción del texto de Letters to a Young Feminist (Phyllis Chesler) publicado en el New York Times, sección libros. Si la autora, o representante de quienes detenten el copyright consideran que no es fair use, por favor dígame y lo saco.

Tu Legado

Heme aquí, con la cabeza gacha, escribiéndote una carta íntima. Siento tu presencia, incluso cuando no sé tu nombre. Te imagino como una mujer joven, posiblemente un hombre joven, entre los dieciocho y los treinta-y-cinco, aunque también podrías tener una década más –o menos—. Puede incluso que no hayas nacido aún.

Puede ser que me esté tratando de escribir a mí misma cuando más joven. Cuando estaba creciendo –un proceso que aún está lejos de terminado- nadie me dijo verdades potentes en una voz cálida. Cuando tenía tu edad, no sabía lo que necesitaba saber para entender mi vida -la vida de cualquiera. Quizá, al escribirte a ti, quisiera corregir eso, repararlo.

En el pasado, Nicolás Maquiavelo escribió una carta como la mía a un príncipe, Sun Tzu se la escribió a un rey, Virginia Woolf a un caballero, Rainer Maria Rilke le escribió a un admirador. Esta carta es para tí. Eres o pobre o ric@, tienes cualquiera de los colores del arcoiris humano, cualquiera de los tipos de suerte y de caracter. Eres mi hereder@. Esta carta es tu legado. Sin tu intervención conciente, este legado podría yacer durmiente por cien años. O más.

Me imagino que eres una persona que quiere saber por qué existe el mal. La gente hace cosas malas porque nosotros, gente buena, no los detenemos. Citando a Edmund Burke: “Todo lo que se necesita para que las fuerzas del mal ganen en este mundo es que suficientes hombres buenos no hagan nada”. Oh, Burke, el mal también gana cuando las buenas mujeres no hacen nada.

Los hombres no son los únicos responsables del patriarcado: las mujeres también son colaboradoras dedicadas, incluso entusiastas.

Quizá tu crees que puedes tenerlo todo: una carrera brillante, un matrimonio amoroso y para toda la vida, hijos saludables/sin hijos, dinero suficiente y también felicidad. Si tu eres algo como era yo, probablemente crees que lo terrible que le haya pasado a las mujeres en el pasado, o que aún le pasa a “otras” mujeres ahora, no te puede pasar a ti.

Querid@, no te quiero espantar, pero tampoco quiero hacerte perder el tiempo, así que no puedo hacer como si aunque tu o yo lo quiera, las mujeres y los hombres son iguales.

Incluso cuando hombres y mujeres hacen lo mismo,  significa algo diferente. El padre que cambia un pañal se ve generalmente como un héroe, pero no la madre quien -después de todo- sólo hace lo que se espera de ella. Esto no pasa de la misma forma en el otro sentido. La mujer que tiene éxito en el mundo masculino -aunque no se espere que lo haga- es escasamente vista como una heroína triunfante. A ella se la ve, la mayoría de las veces, como una persona demasiado agresiva. Y puede ser que sea agresiva -aunque no más que sus colegas hombres. Muchas mujeres tratan de validarse al superar a sus colegas hombres en conductas rudas, contrarias a lo esperable para el espectro femenino. Otras se sienten llevadas a comportarse de forma “femenina” o “maternal” para calmar a quienes de otra forma las castigarían por salirse de la raya.

Entonces, a diferencia de sus colegas, la jueza en jefe se sirve sola su café y la oficial de policía puede que no use su entrenamiento profesional para evitar que su marido la golpee, lo que sea que haya aprendido en el trabajo no puede competir con lo que ha aprendido toda su vida sobre ser mujer. La empleada -y no así su colega hombre- aún se espera que compre los regalos para las fiestas, tome las chaquetas, lleve galletas para una celebración de la oficina o cuide el hijo de su empleador. Esto poco tiene de violación colectiva, pero aún es sexismo.

Si, el mundo es diferente ahora que como lo era cuando yo tenía tu edad. En sólo treinta años, el feminismo visionario ha logrado desafiar seriamente, sino transformar, la conciencia mundial. Algunos astronautas, oficiales militares, ministros, primer ministros y senadores son mujeres –hay programas académicos en estudios de la mujer, y no se puede abrir un diario sin leer sobre alguien procesado por violación o acoso sexual. Pero la verdad es que las mujeres aún estamos lejos de ser libres. No estamos siquiera cerca.

Las pasiones fundamentalistas están amenazando con destruir lo que las feministas hemos logrado. Se me ocurren tres ejemplos inmediatamente:

El derecho al aborto se mantiene en un bloqueo violento.

Aún cuando entendemos que la violación es epidémica y tiene consecuencias duraderas, aún somos incapaces de abolirla. Hoy, en Algeria, Bangladesh, Bosnia, Guatemala, Haití, Ruanda, la violación se ha vuelo un arma sistemática y completamente intencionada -no meramente un corolario- de la guerra. En una era de limpieza étnica, la violación se convierte una herramienta para lograrla.

Aún estamos segregados y discriminados –separados tanto por raza como por género. En los 50 y 60, jóvenes y valientes escolares afroamericanos fueron enfrentados con rostros adultos deformados por la rabia, abuso verbal, rechazo y corazones llenos con odio cuando se integraron en escuelas que antes eran completamente caucásicas. Hoy, jóvenes muchachas enfrentan la misma furia y peligro al tratar de formar parte de escuelas militares antes exclusivas para hombres, como Citadel en Carolina del Sur.

En 1995, una heroica Shannon Faulkner de diecinueve años, la primera mujer en integrar una institución anteriormente masculina, se enfrentó al odio sola. Ella (y otros jóvenes) se retiraron después de unas semanas. En Septiembre del 1996, cuatro mujeres fueron aceptadas. Para Diciembre, dos de ellas, Kim Messer y Jeanie Mentavlos, se retiraron junto a 75 hombres. Aún cuando todos los cadetes son sometidos a rituales sadísticos de iniciación y a acoso, las mujeres fueron especialmente acosadas, siendo objeto de canciones vulgares sobre masturbación, fotos obscenas, intimidación física sexualizada y amenazas de muerte. A una también le prendieron fuego. Como Faulkner, también fueron “odiadas hasta retirarse”.

Las más extraordinarias victorias legales son sólo trazas de papel hasta que las personas las ponen en ejercicio en el mundo. En el momento que escribo esto, veinticuatro jóvenes has sido aceptadas como cadetes en Citadel. Como sus compañeras afroamericanas, las mujeres enfrentarán obstáculos obvios, pero pagarán un alto precio.

Como feministas, aprendimos que no se puede hacer cosas como éstas en solitario, sólo en conjunto.

Quiero que sepas cuáles son las cosas que tenemos para ganar acá, y no las puedes dar por sentado (aunque estarías en tu derecho si lo hicieras -hemos luchado por eso también). También quiero que sepas qué es lo que aún necesita hacerse. Quiero que veas tu lugar en el esquema histórico de las cosas, para que puedas escoger dónde te ubicas en la historia.

Escúchame, puede que estemos en 1998, pero en mi punto de vista, aún vivimos en los 50s. La poetisa Sylvia Plath (que dios/a la tenga en su reino) está a punto de meter su cabeza en el horno de nuevo. Lo que pretendo decir es que no hemos avanzado lo suficiente. Aún vivimos en los 30s, y en ese gran invierno, Virginia Woolf, está caminando lentamente hacia el fondo marino, a punto de ahogarse. No, aún vivimos en 1913 y Camille Claudel, quien ayudaba a su amante Auguste Rodin en alguno de sus trabajos, está siendo amarrada y enviada a un asilo psiquiátrico en este momento. Claudel fue internada por su propia madre y por su hermano (Paul, el poeta). Su familia la condenó a padecer ahí por 30 años y murió en cautiverio en 1943.

A menudo me dan ganas de sacar el nombre de August Rodin y poner el de Camille Claudel en varios museos alrededor del mundo –pero claro, soy la misma que quiere decapitar la estatua de Perseo que se planta triunfante, en lo alto de las escaleras del Museo Metropolitano de Nueva York, sujetando la cabeza de Medusa. Su honor lo requiere, sus mechones serpenteantes me tientan a hacerlo.

Hay un precedente relevante para tal acto. ¿Sabías que en 1914, cuando las sufraguistas británicas fueron encarceladas, golpeadas y alimentadas a la fuerza (estaban en huelgas de hambre) por demandar el derecho a voto, la sufraguista Polly Richardson marchó a un museo de Londres y le pegó un hachazo a la Venus del Espejo de Diego Velazquez? La sociedad aulló. La mujer perfecta de Velazquez reclinándose desnuda y vana, vemos a la Venus observándose a sí misma (y a nosotros) en un espejo. Quizá era la forma de Richardson de decir “Por dios, este retrato se mofa de lo que somos las mujeres en verdad, un grupo sin poder. ¿Cómo se siente que algo que valoras sea mutilado y destruido?.

Muchos dicen que Plath, Woolf y Claudel eran genios “locos” que habrían terminado de la misma forma incluso si hubiesen crecido en una familia y en una cultura que amase a la mujer.

¿Cómo es que esos cínicos pueden estar seguros?

Aunque muchas mujeres cuerdas han sido, en el pasado, recluidas en una institución mental, no estoy diciendo que esa locura es un mito en sí misma. La locura es real. Ni la ideología ni los buenos amigos pueden salvar una mujer de ella. De todas formas, la acumulación de faltas de respeto y humillaciones que la mayoría de las mujeres debe aprender a absorber, a “no ver”, sí tiene una forma de atraer más del número usual de demonios.

Estoy pensando en las demandas de perfección a las que la mayoría de las chicas y mujeres son objeto rutinariamente, combinada con la falta de reconocimiento -de hecho, los castigos severos que la mayoría de las mujeres sobrellevan para sobrevivir. No sólo estoy hablando ya de mujeres caucásicas educadas a cuyo genio puede que estés acostumbrad@, sino de todas las mujeres, de todos los colores, de todas las ocupaciones. Tantas mujeres son deprivadas, castigadas, forzadas a caminar por una vía mucho más angosta que la gran mayoría de los hombres experimentarán nunca. Nuestra genialidad no nos salva, pero nuestra obediencia tampoco.

Mujeres ocupadas, mujeres rebeldes, genios locos también, tantas de nosotras somos rebajadas y “hechas desaparecer”, invisibilizadas, forzadas a salir del espectro visible por siglos cada vez. Nos desconectamos de la otra en nuestras propias vidas.

Si no nos vemos la una a la otra, no nos vemos en conjunto.

Tu debes alzarte sobre hombros feministas para lograr ir más allá de lo que ya hemos logrado.

El confinamiento distorsiona el carácter. Por siglos, las mujeres han sido succionadas y condenadas a tal oscuridad que, como prisioneros, instintivamente aprendemos a temer a la luz, nos ciega, es anti natural. Así que nos da miedo levantarnos, tomamos pasos pequeños y cuidadosos cuando efectivamente lo hacemos, nos tambaleamos y buscamos protección en nuestros carceleros.

Álzate tan claramente como puedas en la vida. Ocupa tanto espacio posible en el mundo (masculino) como necesites. Siéntate con tus piernas separadas, no juntas. Súbete a los árboles. Escala montañas. Participa en deportes de equipo. Vístete cómoda. Vístete como te plazca.

¿Cómo eliminamos la injusticia?

Comenzamos por interpelar con la verdad hacia el poder. Ese niño que le dijo al emperador que estaba desnudo es uno de los nuestros.
Comenzamos por atrevernos a mantener el contacto a quienes el silencio les perjudica, les deshumaniza.
Comenzamos, por supuesto, por luchar de vuelta.

Hacia el final, debes movilizarte más allá de las palabras. Debes actuar. No dudes porque tus acciones puede que no sean perfectas, o porque puedan recibir críticas. “Acción” es la forma en que pones tus principios a la práctica. No solamente de forma pública, o dirigida a los más poderosos que tú, sino también en privado hacia los menos afortunados que tú. No sólo hacia los que están (muy seguros) lejos de tí, sino con quienes vives y trabajas.

Si estás en el camino correcto, puedes esperar una crítica bastante salvaje. Confía en ella. Rebélate a ella. Ésta es la medida más válida de tu éxito.

Quienes viven en una seguidilla de pequeñas humillaciones -diariamente- dicen que el daño más perdurable y peligroso es el acostumbrarse a este tratamiento, en gran parte porque el resto insiste que lo hagas. Después de todo, ellos lo han hecho. ¿Qué es tan diferente sobre ti? “Bueno, tu jefe te pidió a tí y no a tus colegas hombres hacer el café para la reunión –¿y qué?. Por último tienes trabajo”. “Y qué tal si tu marido siempre se olvida de la promesa de ayudarte en las tareas domésticas, por último tienes un marido”.

Siempre está a la base, pero implícito: “Podría ser peor”. Pero las cosas también podrían ser mejor. Esto no pasará si tu no te comportas heroicamente.

Decirle a una víctima de violación que “está exagerando el trauma para llamar la atención” no es útil. Tampoco lo es preguntarle “¿Y por qué saliste con ese tipo para empezar?”

Comentarios como esos avergüenzan a una mujer hasta el punto del silencio y la pasividad. Implica que nada de lo que diga o haga cambiará nada, así que de la misma forma puede darse por vencida y aceptar las cosas tal como son. Esos comentarios le prohiben que se enfrente al poder. En un sentido, esa forma de control es una conducta de testigo pasivo. Los sobrevivientes de atrocidades muy serias dicen que les atormenta la conciencia de quienes escucharon sus gritos y se dieron vuelta, cerraron sus puertas, se mantuvieron pasivos, o evitaron tomar partido más allá de lo oportunista.

No se puede ser un testigo sin ser un cómplice. Moralmente, se deben “tomar puntos de vista”. Pero, una vez que una persona está del lado de alguien que ha sufrido una gran injusticia, la escucha, cree lo que dice, trata de ayudarle -esa actitud pacífica de humanidad y valentía será vista como un acto de traición.

Comete tales actos de traición tan seguido como puedas.

Los corazones de mujeres y hombres se rompen cada vez que la gente abandona ese sueño de una humanidad común y moral (estamos todos conectados, lo que pasa con uno pasa con todos) y no hace nada.

Creo que tales intervenciones son posibles cuando somos inspirados por una visión más amplia, guiados por un gran sueño. De ninguna otra forma.

Las mujeres no necesitan una habitación exclusiva para ellas. Los feministas, hombres y mujeres, necesitan un gran continente para ellos solos. Nada menos que eso sería suficiente.

Esta es mi traducción del texto de Letters to a Young Feminist (Phyllis Chesler) publicado en el New York Times, sección libros. Si la autora, o representante de quienes detenten el copyright consideran que no es fair use, por favor dígame y lo saco.
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